Aprendiendo japonés…

Cambiar Madrid por Tokio tenía muchas cosas positivas y una de ellas era aprender japonés. Eso suponía volver a clase. Escuchar al profesor, preguntarle y entenderle (o intentarlo). Tenía ganas, muchas ganas de enfrentarme a un reto así y de tener tiempo para estudiar (hay que ver cómo cambian las cosas; hace 7 años, en la universidad, no veía el momento de dejar de estudiar para lanzarme al mundo laboral).

Hoy, dos meses después de mi primera clase, puedo decir más cosas que arigato, sayonara y tamagochi (las únicas palabras que sabía antes de empezar). ¡Sé decir muchas cosas! Pero no las mismas que si le hubiera dedicado el mismo tiempo de estudio que al inglés, por ejemplo. La dificultad es mayor porque no utilizan sólo el mismo alfabeto que nosotros, utilizan tres más (¡oh, dios mío! ¡qué necesidad!).

  1. Kanji: es su alfabeto simbólico. Dicen que hay más de 40.000 pero que con saber 1.945 se puede hacer una vida normal. Ej. 魚 = pescado. Yo, de momento, sé 90.
  2. Hiragana: es uno de sus alfabetos silábicos. Son 104 símbolos. Para que os hagáis una idea, si pescado se dice sakana, en hiragana se escribe y se lee así: さかな (さ-sa-か-ka-な-na).
  3. Katakana: es su otro alfabeto silábico. Lo utilizan sólo para escribir las palabras de origen extranjero. Se parece mucho al hiragana, pero con trazos más rectos. Por ejemplo, restaurante es resutoran:レストラン (レ-re-ス-su-ト-to-ラ-ra-ン-n).

¿Comprendéis ahora la dificultad de la que os hablaba? No sólo hay que memorizar que pescado se dice sakana (en inglés, estudias que se dice fish y ya has acabado). También hay que estudiar su kanji y saber escribir y leer sakana en el alfabeto silábico —en este caso en hiragana porque “pescado”no es una palabra extranjera—.

Pues bien, lo primero que aprendí en la academia fue hiragana.

Y después katakana (que aún se me resiste un poco).

Ahora, una vez “controlados” ya casi no utilizamos nuestro alfabeto, el romano.

¿Qué os parece? Mirar la pizarra, ¡qué locura! ¡Y qué feliz estoy aprendiendo japonés! Aunque vale, reconozco que hay momentos agotadores en los que no entiendo nada, que me cuesta tres minutos leer una frase con 6 palabras y otros tres entenderla pero, debo ser «paciente y constante», insisten mis padres.

Voy a clase todos los días dos horas y, os cuento: tengo tres profesoras distintas. Una lunes y jueves, otra martes y viernes y otra los miércoles. ¿Por qué? No tengo ni idea pero me gusta, cada una me aporta algo distinto, hace que cada día sea diferente y me permite, además, pasar un ratito con gente japonesa. Las profesoras hablan muy poco inglés, lo justo para entendernos y poder conversar pero siempre me cuentan cosas interesantes sobre Japón. Una de ellas, de mi edad y con la que me voy a comer una vez a la semana, me dijo impresionada cuando nos presentamos que yo era la primera española que conocía. Me hizo gracia la frase y, me sorprendieron sus palabras… palabras que, cambiando de tema, ayer “entendí”. «Eres la primera persona que conozco de Myanmar», le dije a la camarera de un restaurante que quiso saber de dónde vengo y qué hago en Tokio. ¡De Myanmar! ¡Qué pasada! ¡La última vez que escuché Myanmar fue cuando estudiaba geografía en el colegio! Y sentí la misma emoción que mi profesora al conocerme porque , aunque nos cueste creerlo, para los japoneses España está tan lejos y somos tan desconocidos como para nosotros alguien de Myanmar.

¡El tema se me ha ido de las manos! pero hoy quería contaros mi experiencia con el  japonés y, también, que he conocido a una chica de Myanmar 🙂

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