Gimnasio en Japón

Durante los últimos diez años intenté en España, sin éxito, acudir regularmente al gimnasio. La falta de tiempo libre y mis prioridades fueron las causas. Ahora, las cosas han cambiado. Tengo más tiempo y un aliciente: estar rodeada de japoneses y escuchar hablar sólo en japonés.

Me acerqué a varios gimnasios que había visto en Tokio, tres en concreto, pero los precios para poder realizar algunas actividades eran escandalosos. No estaba por la labor de pagar 200 euros por muchas cosas que pudiera disfrutar incluido el acceso a una piscina cubierta. Vale que tenían muy buena pinta pero no. ¿Estamos locos?

Un día, en clase, mi profesora me preguntó si practicaba algún deporte. Le comenté que quería ir al gimnasio y me habló de los centros deportivos que hay en cada distrito. Por unos 30 euros al mes puedes disfrutar de las zonas comunes, participar en las actividades grupales… ¡Era perfecto! Ella me buscó por internet los que había en mi distrito, llamó para saber si admitían extranjeros y me dio las direcciones. Me recomendó uno en concreto y allí me presenté.

Fueron muy amables. También muy pacientes. Estuvimos unas dos horas entre que me explicaban las tasas, las actividades… y en hacer la inscripción. Ese día no había nadie que hablara inglés y la situación por momentos me desesperaba. La culpa era mía, por supuesto, era yo la que no podía comunicarme con claridad ni rellenar los numerosos folios que me dieron pero al final lo conseguimos.

Ahora voy dos o tres veces por semana. Hago yoga -nunca lo había probado y ¡estoy enganchadísima!- ,aerobic y zumba. Donde mejor me lo paso en es zumba. Rodeada de 10 japoneses bailando descontrolados y una profesora cañera y divertida que cada día me pregunta una palabra nueva en español y todos la repiten. En concreto a este grupo les sorprende que esté allí con ellos, como una más, que esté estudiando su idioma… Les hago mucha gracia.

Un día llegué tarde y me quedé sin tarjeta para poder entrar a clase (hay un máximo de participantes, la gente va cogiendo una tarjeta hasta que se agotan). Me vieron por el cristal de la sala, me hacían gestos para que entrara pero yo les decía que no. Salieron tres de ellos a ver qué pasaba. Les dije que no tenía tarjeta y en ese momento ¡se volvieron locos! Me dijeron, «chotto matte kudasai» (espera un momento, por favor) y mientras uno avisaba a la profesora, las otras dos iban a recepción. Allí se juntaron todos, alumnos, profesora, hablaban unos, contestaban los del gimnasio… ¡Menudo jaleo! Y yo quería decirles que no se preocuparan, que me iba a casa pero ¡era imposible! Minutos después, una de las compañeras de zumba que habla un poco de inglés me dijo que por esta vez iban a “incumplir las normas” y me iban a dejar entrar porque la profesora lo había autorizado. Os sorprenderá pero aquí son así: cuando algo se sale de lo normal, como en este caso, les cuesta reaccionar y se afronta como si de un tema de Estado se tratara; hay que analizar, preguntar, llamar por teléfono, confirmar… Ese día, entramos todos a clase triunfales, como niños. Me encantó y me encantan, porque me cuidan mucho. Siempre están pendientes de mi; «¡Maite san! ¡Maite san!», oigo cada vez que entro los martes por la puerta del gimnasio.

INCISO. Aquí a los nombres les añaden el sufijo -san. Se utiliza para mostrar cortesía y respeto. Yo lo uso con la gente del gimnasio, de la academia, amigos japoneses… Es lo normal.

En este sobre pone “Maite san”. Me lo dio una de mis compañeras de zumba la semana pasada. Pensé que sería una invitación pero cuando sólo me lo dio a mi cambié de opinión. Lo abrí y….

Os lo cuento en el próximo post.

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