Nuestro viaje en avión con perro de Madrid a Tokio

Empezamos los trámites siete meses antes del vuelo. Habíamos repasado todo al milímetro pero un pequeño detalle en los numerosos documentos que portábamos o cualquier apreciación por parte de la compañía aérea podía dejar a Carlota en tierra.

Lo reconozco, estaba muy nerviosa. Llegamos al mostrador e irremediablemente toda la atención de la azafata se centró en el peluche blanco animado que llevábamos en el transportín de tela. Nos pide la documentación, se la damos, se va tres mostradores más allá a consultarla, pasan los folios, miran el pasaporte, vuelven a los documentos, hablan entre ellas y regresa. «Todo está bien – nos dice – vamos a pesar». Bien. Ponemos el transportín con Carlota (totalmente quieta, por cierto). Pasan los segundos, el marcador indica 7, 5 kg (para subir a cabina puede pesar hasta un máximo de 8 kg),  la azafata sigue mirando, Carlota se menea, saca la cabeza, ella se acerca un poquito más… «Vale, se puede mover y poner de pie. Ahora sólo falta abonar los 200 euros y finalizamos el chek-in». Suspiro. Y sonrío. Y enloquezco. ¡Estamos dentro!

Todos los nervios acumulados durante más de medio año se me pasaron en cuanto cruzamos los arcos de seguridad. Fuimos paseando con Carlota por Barajas hasta nuestra puerta de embarque y cogimos el primer vuelo Madrid-Amsterdam. Menos de dos horas y media en un avión con la mitad del pasaje ocupado. Era perfecto porque así podíamos dejar un asiento en medio de nosotros y poner en el suelo de ese sitio a Carlota (lo normal es llevarla, en este caso, junto a mis pies debajo del asiento delantero). Nos designaron además en una fila bastante apartada del resto de los viajeros por lo que era imposible molestar a nadie.

Una vez en Amsterdam, y después de dormir los tres durante el primer vuelo, teníamos por delante casi dos horas para patear Schiphol. Aprovechamos, además, para ponerle por primera vez un pañal para perros (una de las cosas que preparamos en su equipaje).

La intención era que lo llevara durante las once horas que íbamos a pasar en el avión de Amsterdam a Tokio pero una vez dentro del avión, pasada una media hora, el pañal ya no estaba en su sitio: no me preguntéis cómo pero se lo quitó dentro del transportín.

Y así como veis pasamos esas once horas. Tuvimos suerte porque era una fila de tres asientos pero el señor que iba a nuestro lado se cambió para ir con su esposa haciendo ella a su vez otro cambio… Conclusión: que volvimos a tener un asiento libre;  yo me pude “tumbar” algún ratito y Carlota tenía algo más de espacio. Además le abrimos un poco su bolsa y podía tener la cabeza fuera. En ningún momento el personal de abordo nos dijo nada, todo lo contrario. Venían a verla, nos preguntaban que cómo estaba e insistieron en múltiples ocasiones en que les pidiéramos  cualquier cosa que necesitáramos para ella. La experiencia de volar con un perro con KLM fue perfecta: un 10. 

Una vez en el Aeropuerto de Narita en Tokio, y después de recoger nuestras maletas, nos dirigimos al punto de cuarentena de animales para entregar el resto de la documentación. Revisaron que todo estuviera en orden, le leyeron el microchip y en menos de diez minutos ya estábamos saliendo por la puerta pero, ¿qué pasó al salir?

Justo una televisión japonesa estaba entrevistando a los pasajeros recién llegados y sí, teníamos todas las papeletas: ¡occidentales con un perro! Hay que decir que Carlota no estuvo tan amable con los medios como debería pero la pobre no veía el momento de salir de la bolsa y de hacer sus primeras necesidades en territorio nipón.

Minutos después cogimos un tren rumbo a casa y más emocionados que cansados empezamos, por fin, la vida con Carlota en Japón.

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